viernes, 13 de marzo de 2020

Día 1...



Duermo a Adán en nuestra cama, los mimos con el codo en casa pueden subir de nivel, total si en los quince días de clausura no nos queda ni eso renunciaríamos a todo. Así que le concedo su deseo sin atisbar grandes miedos presentes en sus palabras y aun siendo consciente, a su modo(ni siquiera lo somos nosotros en el nuestro), de los que nos viene encima.
¿Y qué es lo que nos viene encima? De incertidumbre y shock ya estamos cubiertos y no podemos negar que no se nos avisara. Estos días comentaba con mis alumnos la más que posible certeza de que no hubiese clases la semana que viene. A la hora siguiente los del otro 4º me decían: “¿Pepelu, qué has dicho en la otra clase que la semana que viene no habrá clases?”. “No, a ver, no. Yo no he dicho eso. Simplemente que analizando la situación y lo que está pasando en Italia y demás no me extrañaría en absoluto. Pero antes de hacer mucha fiesta, ojalá que no tengan que cerrar las clases”. Pero las clases se han cerrado. Y los comercios, no así los Mercadonas, ni las carreteras que se han llenado de lo peor que podemos ser. La ignorancia es muy atrevida, siempre alimentó al miedo y al odio. Supongo que así costará ser más feliz. No lo sé. Si acudo al super como si no hubiera un mañana queda claro que parece importarme poco si al vecino le queda el culo sucio. Tal vez acabe el vecino estornudándome a la cara cuando me cruce con él la próxima vez y con el ojo por ojo todos nos quedamos ciegos. Como cuando desde su BMW cruza Despeñaperros, tras sortear los atascos de la M40, feliz, habiendo ganado su batalla, se aproxima a la tierra prometida sin acordarse de lo que significa PANDEMIA ni de aquella vez que depositó el voto en la urna motivado ante un discurso de aquellos que hablaban de cerrar fronteras. Claro está que los del otro lado no tienen BMWs, ni casa en Sotogrande. Podemos sacar lo peor de nosotros mismos, lo hemos demostrado en infinidad de ocasiones y no veo por qué en este Ensayo sobre la Ceguera tendría que ser menos…pero mire ud. dejadme creer por un momento que en esta ocasión, pudiese ser de otra manera.
Dejadme creer que ante la emergencia la humanidad descubre, por una vez, que forma parte de un todo, por más que no lo entienda, por más que no le guste. Que aquello que critica en los demás refleja sus propias carencias, y que aquello que hace contra los demás acabará afectándole y que, prácticamente, ninguno somos ajenos a estas premisas. Qué ocasión para sacar lo mejor de nosotros asumiendo el reto colectivo que se viene por delante. Qué ocasión para revisarlo todo, pero eso vendrá después. Ya sabemos que después las teorías conspiranoicas se saldrán con la suya y dirán: “¿Lo veis? Lo advertimos. Ha ocurrido igual que en el 2008 y que en todos los goles que nos acabaron metiendo. La banca ha vuelto a ganar y de estas hemos salido más precarizados”. Cuesta, y cuesta mucho, no mantener un hilo de escepticismo cuando tantas veces nos han engañado. Pero no es al poder económico y político a los que tenemos que oír. Es a la ciencia. No al señor Pablo Casado diciendo que le disgusta de Pedro Sánchez que se esté “parapetando en la ciencia”. Váyase al carajo señor Casado, déjelo, por su dios, que oiga a los científicos!!! ¿A quién si no tendrá que oír?. En ocasiones como esta yo, como todo hijo de vecino, tremendamente escéptico de la clase política dirigente, quiero creer, quiero y necesito aferrarme a sus mensajes, y en sus manos me pongo. Me da igual que sea Pedro Sánchez o el señor Almeida, que mira que no le he podido criticar más. Pero lo oiré, sin prejuicios, analizando un mensaje, y respiraré aliviado si, finalmente, su discurso es, como ha sido esta tarde, coherente. Ante tanta histeria lo último que necesita el pueblo es ver a su clase política a la gresca. Esta vez no.
El pueblo necesita tener referentes, como son los trabajadores de la sanidad, que están en primera línea de fuego, comiéndose todos los marrones. Exponiendo sus cuerpos, su tiempo, su salud y sus vidas. En muchos lugares se cobran más de la mitad de los infectados. Y ahí siguen, pidiéndonos un poco de calma, otro poco de mesura, de no creernos el puto ombligo del mundo, ser solidarios y aprender. ¿Podremos aprender? ¿Recordaremos cuando pase esta la importancia de cuidar nuestra sanidad pública y ponerla como primer emblema de nuestra nación? ¿Se puede ser más patriótico que emocionarse viendo las reacciones de los sanitarios? Tiembla Abascal, que te echo la pata. Durante estas dos semanas podremos encontrar decenas, centenares, miles de casos parecidos a estos últimos, a los de personas que hacen de una sociedad un mundo mejor. Una sociedad que aprenda a empatizar y olvidarse de ser, por una vez, el ombligo del mundo. Pasar un tiempo de calidad compartido con las familias. Reflexionar. Aprender a echar de menos. Y saber que el tiempo puede ralentizarse y eso, no debiese tener nada de malo.

Día 1…