El trumpismo galopa a sus anchas, a golpe de algoritmo, espoleado por indecentes fortunas que no sé si alguna vez llegamos a ver venir. Lo cierto es que, en un abrir y cerrar de ojos, en el lapso exacto que transcurre entre un clic y otro, lo coparon todo. Lo coparon con sus fake news y cambiaron las reglas del juego mucho antes de que nos diéramos cuenta. Y ahora, ya nada valía desde sus estándares.
La economía, queridos amigos, no se toca, salvo
si por alguna razón hay que rescatarles. Los datos, a pesar de todo, se obcecan
en hacerlo todo perverso y, por si acaso, culparemos siempre a los otros. Al
pobre, al migrante, al gay, al zurdo, al socialista, al comunista. Cualquier
atisbo de alguna persona que quiera poner en duda el dominio silencioso que de
ruido todo llena, será tildado de la causa de todos los males que encontramos.
Así de perverso, al menos, nos parece a nosotros. A los que ahora, aún siendo muchos
todavía, sentimos que ocupamos una triste minoría. A todos los que, aun estando
convencidos de que reclamamos un mundo más justo donde quepan más y tenga más futuro,
somos tildados de ser los causantes de hacer que este mundo vaya a la deriva.
Y en este lenguaje transcrito por
el código binario de sus redes y sus economías, perdemos la batalla día tras
día. Bajo el yugo sin control de un poder económico absolutamente desbocado que
todo contamina. Vemos sus infames fortunas crecer, superando los presupuestos
de Educación o Sanidad de países desarrollados como el nuestro al tiempo que la
gran mayoría lo asume sin chistar y comprándoles los discursos de odio que nos
venden a través de las pantallas y así, seguimos, matándonos entre nosotros.
Como si de la más terrorífica
distopía se tratara, vemos a los creadores de contenido aumentar sus cuotas de
seguidores y sus fortunas mientras niegan el cambio climático, al tiempo que,
día sí y día también, nos tortura contemplar sus consecuencias. Lo que dicen es
doloroso. Pero mucho más doloroso es comprobar cómo son legiones quienes
compran y proclaman ese discurso. Y no se trata de cuestiones ideológicas
opinables. Se trata de negar la realidad, de negar incluso las evidencias
científicas más indiscutibles. «¡Muera la inteligencia!», que gritara aquel. Y
así lo copan todo.
Al olimpo de los dioses los
elevamos por pegarle a una pelota y se ríen en nuestras caras dando lecciones
de todo, e incluso de vida humilde compartiendo fotos comiendo caviar con botellas
de 2000 euros. Es todo tan absolutamente obsceno. Pero, mucho peor es que la
gran mayoría, la perjudicada, lo compre.
Porque la inseguridad crece en
los barrios, supongo. Y así justificamos que venga un Bukele para acabar con
los pandilleros. Y sí, cómo negar que es importante. Se fue de madre la cosa,
primero en Colombia, luego en México, después en El Salvador, ahora en Haití.
Pero nadie, pareciera darse cuenta, que los cárteles son tan fuertes porque es
EEUU y Europa las que le hacen el negocio. Esto, tampoco es nuevo. Ya lo
reflejó hasta el Padrino, después Traffic. Pero así sigue siendo, y cada vez
peor.
Países enteros bajo el yugo del
narcotráfico que existe porque los adalides de las libertades y la democracia
lo consumen. Y luego, a dar lecciones de moral. Gobiernos decapitados,
democracias calcinadas. Pueblos sumidos al descontrol de las bandas. Niñatos
absolutamente analfabetos con ametralladoras, dinero y mucha droga. Y así
gobiernan en el desgobierno hasta que el pueblo implora que llegue un Bukele. El
Bukele te quita los problemas y todos contentos…después llega la segunda parte
o la otra cara de la moneda. Ya veremos. Por si acaso, que nadie apunte a la
causa real y originaria de todo aquello.
Y así con absolutamente todo.
Primero fue África y ya pronto no quedará un rincón del mundo sin exprimir. Es
tan voraz este capitalismo que se devora a sí mismo. Y así será, hasta que ya
no quede nada.
Y mientras todo se hunde y ellos
celebran, algunos tocamos las últimas notas en la cubierta, como si un canto de
sirenas pudiese lograr que no nos salgamos del palo mayor, por más que nos aten
con cadenas.
No fue nuestra historia una odisea.
Fue más bien un robo a mano armada. Nos quitaron una vida con muchas
posibilidades. Y esto es así, aunque no se quiera ver. Y demos gracias. Virgencita,
virgencita…y así vamos justificando. Pero sospecho, que lo que viene, no será mejor.
Y ya uno no sabe si puede soñar
con creer que otro mundo aún puede ser posible


