viernes, 9 de febrero de 2024

Ninguna batalla por perdida


Tanto hace que no escribo que no sé cómo escribir si no es empezando hablando del tiempo que hace que no escribo. Por más que busque excusas que me obliguen a encontrar un lugar más digno. Más prosa, más poesía, más argumento, más ingenio que no te lleven a los lugares de siempre. Les doy la razón (sé que la llevan) , pero no encuentro ni las ganas ni el momento para hacerlo. Prefiero, es necesario, buscar algo de verdad en lo que soy para sacar todo el aparato de mi escritura por más que de rudimentario pecara. ¿Qué más da? Mejor dejar salir lo que  es que maquillarse en artificios snobs en busca de lo que debería. Escribo con intención de que sea mínimamente serio en mi ridículo intento de parecerlo y así entre la cruda realidad y los deberías vamos hilvanando unas letras para aproximarnos a destripar esta realidad de la que tanto uno se aleja sin saber si por lo de que tanto duele o por lo bajeza de sentir que se tira la toalla.

Si algo conservo de decencia en mi perfil de joven revolucionario que soñó por un mundo mejor no debería de escudarme en las excusas de que nada merece la pena porque todo está podrido y todo es lo mismo. Sé que tengo la suerte de haber vivido unas cuantas vidas dentro de esta para ser un buen maestro liendres. Tal vez ese concepto me define bien pero, si soy sincero, que lo pretendo, siempre vi en el mismo al que da lecciones porque todo lo sabe. Más bien socrático es la visión que nunca me abandonará de reconocer que nada sabemos. Nada sabemos y, sin embargo, uno coge de aquí y allá para construir sus hipótesis.

 Es cómodo desvanecerse en el devenir de los días e ir a lo tuyo para que sean tus problemas los que realmente te importan y nada más porque: ¿qué carajo puedo hacer yo para evitar el genocidio en Gaza? ¿Hasta aquí hemos llegado? Y a dónde si no. ¿Qué podemos cambiar? ¿Soñar que uniendo a las masas podemos hacer llegar los mensajes que el poder nos roba? ¿Cuántas veces más descubrir el desencanto o la traición entre quienes creíamos los nuestros para tirar la toalla? Y la tiramos. Claro que la tiramos.

 De un modo u otro. No porque votes a la derecha, sino porque bajas los brazos y ya no gastas tus energías en gritarles al mundo las infinitas manipulaciones a los que nos vemos sometidos. Y así decides que mejor ir a lo tuyo. Vas a lo tuyo, lo de los otros queda lejos deja de ser tu problema y en un abrir y cerrar de ojos se justifica el exterminio de un pueblo, que gobierne la ultraderecha más neoliberal en Argentina o que se pongan campos de concentración en algún lugar de Centroamérica porque así se baja la delincuencia. Y cuando descubres que gran parte de tu alumnado, especialmente de ese inteligente con aspiraciones políticas, justifica y compra esos argumentos porque el poder anterior estaba sumido en la corrupción te das cuenta de que estamos realmente jodidos.

Lo peor de Milei no es que haya llegado al poder. Lo peor es que lo ha hecho diciendo las verdades que  desde nuestros puntos de vista siguen apuntando a fomentar la desigualdad. Lo que está ocurriendo es que la gran masa social a nivel mundial perjudicada por esta imparable desigualdad compra las consignas de los causantes de la misma. Por eso, aunque sea otra vaina, el 85%de los salvadoreños compran a pesar de todos los pesares de forma taxativa la mano férrea de Bukele que más pronto que tarde será exportada a países vecinos como Ecuador que no saben qué hacer con tantos pandilleros. Mientras tanto nos acusarán a los progres de buenistas por decir que los problemas de fondo se arreglan con soluciones de fondo. No se trata de decir que seamos amigos de sicarios oligofrénicos que matan por decenas porque no tienen cerebro; se trata de buscar soluciones reales y a largo plazo mientras nos permitimos el lujo de dudar de las terribles consecuencias que acarrean saltarse los derechos humanos a la torera. Perdón por mi buenismo. Pero no se entiende. Lo más terrible de todo es que un discurso de estos empieza a no entenderse. Por eso algún compi confiesa que en la sala de profesores hay algunos que otros que justifican la masacre de Israel. Y ya no se entiende nada.

No se entiende que las protestas, sobradamente cargadas de razón, de los agricultores, a nivel europeo, además de reivindicar por sus condiciones, especialmente en tiempos de sequía, y la competencia desleal que países extranjeros que no se someten a los mismos dictámenes de leyes ambientales o de calidad provocan, no clamen a su vez por la especulación absolutamente afianzada de los grandes poderes económicos que con sus especulaciones se lucran del sudor de su frente y así, ellos se parten la cara acusando aquí o allá sin que nada se diga de los verdaderos culpables.

Este es el mundo, no ya que vayamos tejiendo; sino que hemos tejido a lo largo de los últimos años y que con la clase política de nuestro lado herida y los movimientos sociales cuasi extinguidos no pareciera encontrar ningún tipo de freno para dejar de ser así.

Pero, a pesar de todo, siempre habrá lucha, por más que no parezca haber motivos para creerlo. Por más que no hagamos nada para autoconvecernos. De un modo u otro, los de siempre estamos ahí y a veces nos encontramos. Tal vez en alguna parada rápida en un supermercado, en el desayuno del trabajo, en el comentario de una red social o escribiendo estas líneas. Por más que parezcamos muertos, seguimos y seguiremos ahí, sin dar ninguna batalla por perdida.


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