domingo, 30 de agosto de 2020

Pinsapos andaluces nacionales


Los Parques Nacionales son una figura de protección medioambiental declarada por el Estado, a diferencia de otras, como por ejemplo, los Parques Naturales que son nombrados por las Comunidades Autónomas. La diferencia principal entre una figura y la otra es el grado de protección, ya que en los Parques Nacionales ésta, es mucho más estricta. Por eso, con cuentagotas se van concediendo y nombrando Parques Nacionales y, por eso, al ser solo unos pocos los elegidos, desprenden ese carácter de joyas de la corona.

Uno, con el tiempo y las vivencias, sí que ha observado que no necesariamente los Parques Nacionales, suponen tener un mayor valor ecológico, mayor belleza paisajística u otras características medioambientales en general. Lo cierto es que, entre otras cosas, muchos de estos aspectos, como la belleza, se prestan más al universo de lo subjetivo, por lo que no todo el mundo puede coincidir. Por otro lado, la complejidad a la hora de declarar un nuevo Parque Nacional es tan alta que intervienen muchos factores en la ecuación, motivo por el cual, se espacia tanto en el tiempo las distintas aperturas.

Actualmente, en esta piel de toro, con sus islas, contamos con 15. El último fue el primero de la Comunidad de Madrid, el Parque Nacional Sierra de Guadarrama. En Andalucía tenemos dos y las Canarias ganan por goleada por contar hasta con 4 de los 15. Nosotros, los andaluces, con suerte, en un futuro no muy lejano podamos contar con un tercero. Está claro que si volvemos a tener en cuenta aspectos como la belleza o la singularidad de sus valores ambientales bien por flora, fauna, paisajes o geología no serían pocos los candidatos a poder alcanzar el nombramiento máximo de la protección pues nuestro propio PNatural de los Alcornocales, el PNatural de Sierra de Cazorla o Cabo de Gata serían, sin dudarlo, perfectos candidatos. Sin embargo, por esa complejidad de razones que llevan a elevar al espacio protegido a la categoría de Parque Nacional parece que el más serio candidato a estas alturas en nuestra comunidad es la Sierra de Las Nieves, actualmente un Parque Natural situado en el noroeste de la provincia de Málaga. De entre las distintas credenciales que tiene en su haber, es sin duda la presencia de un fósil vegetal viviente, testigo silente del paso del tiempo y antiguos glaciares, su mejor baza. Hablamos del Pinsapo, abies pinsapo. Los pinsapos son abetos pertenecientes al grupo de las gimnospermas, plantas sin flores a las cuales pertenecen otras especies emblemáticas como los pinos, los cedros, las araucarias o las secuoias. Durante mucho tiempo se creyó que en al norte de marruecos también se extendían otros bosques de pinsapo aunque recientemente se observó que se trataba de dos especies distintas: abies tazaotana y abies marocana. Lo cierto es que podemos decir que nuestro pinsapo se trata de una especie endémica de la zona, una especie relíctica del Terciario, de antes de la retirada de los hielos glaciares. Algunos sobrevivieron, y aún han llegado hasta nuestros días. Posiblemente la sola presencia del Pinsapo justifica toda protección en las zonas donde se encuentran. Ciertamente no es solo en el PN de Sierra de las Nieves donde se distribuye, aunque sí el lugar donde lo hace de la forma más notable. Además, encontramos otras dos manchas boscosas separadas geográficamente, una es la sitiada en el también Parque Natural, Sierra de Grazalema, y la otra en el Paraje Natural de los Reales de Sierra Bermeja.

Los pinsapos son, tal vez por su largo tiempo anclados en el terreno, seres majestuosos que envuelven

la atmósfera con una suerte de misterio de cuento. Tranquilidad, serenidad, secretos. Naturaleza en estado puro. He tenido la suerte de subir al Torrecilla(1919msnm) justo el día después de una gran caída de nieve, allá por el 2016. Desde el Área Recreativa de los Quejigales comienza un sendero que pronto ha de llevarte por uno de los pinsapares de Sierra de las Nieves. Ver a estos seres cargados de nieve aposentada en sus ramas es uno de los espectáculos más hermosos de los que podemos disfrutar con bastante facilidad al lado de casa. Otro pinsapo que tuve la suerte de visitar es el declarado Monumento Natural(otra figura de protección) Pinsapo de las Escaleretas, con más de 400 años de antigüedad y un diámetro superior a los 5 metros en su parte más ancha.

Sea nombrado el día de mañana Parque Nacional o no, la Sierra de las Nieves es otro de los enclaves que, a menos de dos horas de distancia para un algecireño, promete seguir ahí, dispuesta a prestarnos alguno de los mayores secretos de su belleza. Y con esto, uno sigue encontrando motivos para no dejar de enamorarse de nuestra tierra.

jueves, 20 de agosto de 2020

Compartiendo la belleza

 



Son las 7 de la tarde y el sol parece no querer golpear ya con tanta fuerza. La brisa, que saltó al mediodía de levante tornándose ligeramente molesta, ahora vuelve a hacerse imperceptible al tiempo que volvió a cambiar la dirección. Frente a mí, que ando recostado en la arena, se extiende todo un océano que entrando en otras aguas, se va haciendo estrecho. Será por eso, que la luz refleja y las aguas se hacen cristalinas, puras, limpias, como ajenas a otros males, tan cercanos, que incluso pareciera que esta ensenada  no es lugar para algas invasoras.  A mi vera, una pequeña embarcación pesquera, queda varada sobre boyas hinchables que le sirvan de camino de ida y vuelta hacia el mar. Alguien consideró que “La Guapa” era un buen nombre para su bautizo, y no seré yo quien le contradiga.

A mi derecha, hacia el oeste, se pierde esta ensenada en una punta conocida y respetada por los hombres de mar de la zona, es el cabo de Camarinal y, desde ahí, podría verse otro gran tramo de costa, ahora tapado. Para llegar al cabo por tierra toca sortear una serie de caminos serpenteantes que se pierden a menudo entre matorral bajo y denso como lentiscos o palmitos, cuando no entre conglomerados de aristas a veces cortantes que desaparecen dando lugar a un abismo que encoge el corazón a su paso. Si sigo girando desde mi posición inicial la cabeza a la derecha, como tornando al norte, aparece la Duna, así en mayúsculas, la más alta de Andalucía y monumento natural. Lugar de peregrinaje de demasiada gente que también tiene derecho a disfrutar de sus secretos, aunque estos se empeñen en perderse cuando llegan la marabunta. Tras la duna, un campo de pinos cuyas copas limítrofes con la duna y su avance son las últimas partes supervivientes de una muerte lenta, agonizante y segura. Enterrados vivos, no por ello el pinar deja de mostrar todos sus encantos.

Más atrás, majestuosa se levanta la Sierra de la Plata, coronada por la silla del Papa, areniscas propias de la zona, lugar de remanso y conexión para muchos escaladores de la provincia. Si seguimos girando nuestra cabeza hacia la derecha, vemos como el pinar se va extendiendo detrás de nosotros, justo donde acaba este ancho estero de arena blanca y se forman pequeños complejos dunares, que sirven de escondite y refugio para los días de más viento. Después, aparece el primer vestigio de huella antrópica desde que empecé el relato, ni más ni menos que las ruinas de una ciudad romana, que allá por finales del siglo II a.c. sirvió para que los romanos demostrasen al fundar Baelo Claudia haciéndolo donde lo hicieron que no debían ser muy tontos. Muy cerquita de las ruinas empiezan las primeras construcciones humanas modernas, que se reducen a tímidas y humildes casas y restaurantes, que parecen tener claro querer perpetuarse en el tiempo sin nuevas construcciones, ni grandes reformas. Más allá, a lo lejos, otra sierra, el Bartolo, que recuerda un poco a los montes de Dakota del Norte y uno espera ver bajar galopando a un Sioux, especialmente cuando reverdece tras el verano.


Vamos llegando al final, todo lo que veo ahora lo hago al mirar a la izquierda, se esconde la pequeña pedanía o aldea del Lentiscal, el pueblo de Bolonia, y acaba la ensenada muy a lo lejos, por donde casi deben de andar los baños de Claudia, piscinas naturales que se forman en las orillas. Vuelta al mar, camuflada Tarifa, lugar más meridional de Europa, cuya punta la pone la Isla de las Palomas. Vuelta al mar, tras el horizonte, las inconfundibles y familiares líneas difusas de otro continente, África, coronando, aquí, tan cerca, el Jebel Musa. Si la visibilidad es buena, veremos también Tanger y  otras líneas de sierras y cordilleras aún más hacia el sur. Vuela la imaginación, invade la paz, sobre una arena blanca, limpia, amiga.

Por estas razones, siempre, seguirá siendo Bolonia la mejor playa de mi mundo. Y sé que los piropos que no podemos contener vía redes sociales son responsables de que a las 11 de la mañana en verano la playa ya esté llena. Responsables de que pasadas las 21, se acumule sobre la duna más de un centenar de turistas con ganas de aplaudir a la puesta del sol. 

Por fortuna, uno sabe que si anda un poco, puede huir en parte del enjambre que tiende a andar poco y quedarse donde aparcó. En cualquier caso, se irá el verano, y volverá a ser algo más nuestra. Por otro lado, toca reflexionar también sobre nuestro nacionalismo egoísta que mira con malos ojos que los de fuera quieran disfrutarla, al tiempo que traemos todo tipo de halagos desde las vueltas de nuestros viajes para los lugares que visitamos. Gusta pensar entonces, qué pensará un vasco, un gallego, un madrileño, un catalán, un romano, un escocés, cuando se embriague con las sensaciones que este rincón del sur regala.

Siempre y cuando la conciencia nos lleve a cuidar y respetar como si fuese nuestro, que sea de todos.